La Piel Que Habito Diferente pero igual. Estos son quizás dos buenos adjetivos para definir la última película de Pedro Almodóvar. Diferente porque es una apuesta arriesgadísima a nivel argumental, un valiente acercamiento al thriller. Igual porque se siguen reconociendo en ella todas y cada una de las obsesiones del director manchego junto a sus argumentos imposibles y su mezcla de géneros.

 

Basándose en la novela “Tarántula” de Thierry Jonquet (Mygale, 1995), Almodóvar construye un personaje principal, Robert Ledgart, que oscila entre un Pigmalión enamorado de su obra, el brillante cirujano enloquecido que rapta chicas en “los ojos sin rostro” (“Les yeux sans visage”, Georges Franju ,1960) o el mismo Doctor Frankenstein. En este caso la venganza del protagonista se vuelve doblemente satisfactoria, arruinando la vida de quien ha destrozado la de su hija a la vez que recupera a la mujer amada. En la película los personajes no son, curiosamente, todos femeninos (como cabe esperar en el cine del realizador), sino que el protagonista es un hombre, Robert.  Pero la vida de Robert se ve desbordada por lo que le acontece a las mujeres de su vida (su esposa, su hija… incluso su ama de llaves). Son ellas las que marcarán las pautas de su comportamiento, la una por engañarle, la otra por enfermar, la tercera por protegerle. Son estas mujeres las que tejen la trama sobre la que Ledgart camina.

La Piel Que Habito La atmósfera enfermiza que se genera en La Piel Que Habito no llega a ser todo lo tenebrosa que se podría esperar, aunque el lirismo que desprenden las imágenes es innegable, resultando imposible no sentirse seducido por ellas. Se echa de menos, sin embargo, la tan esperada estética almodovariana que no solo se transforma en sobria y poco colorista, sino que pierde absolutamente su carácter sin adquirir ningún otro. Todo ello con una clara superioridad interpretativa de Elena Anaya, que ya en  “habitación en Roma” irradiaba una gran madurez dramática y que carga aquí con la mayor parte del peso de la película, resultando Antonio Banderas excesivamente flemático y falto de registros (parece que por propia  voluntad del director). De hecho, el personaje de Elena Anaya llena la pantalla y asume el protagonismo casi totalmente.

 

La Piel Que Habito El realizador, en un reto muy comprometido, nos cubre de una piel resistente al fuego, al dolor… pero también a las emociones. Contrayendo un riesgo complejísimo que solo puede asumir un Almodóvar estelar en su decimoctava película, esta cinta turbadora resulta sin embargo fría.

Me quedo con una frase escrita por el personaje de Vera (Elena Anaya) en su maravilloso mural infinito: “el arte es garantía de salud”. La Piel que Habito