Este verano tuve la suerte de «conocer» (de manera digital y no personal) a una persona entrañable. La conocí por su trabajo, pero llegamos a hablar de una experiencia personal por la que él había pasado. Le pedí que me permitiera contarla, y fue aún mejor porque la cuenta él mismo en sus palabras que os adjunto.
Es realmente triste, conmovedora, valiente, y os aseguro que os gustará leerla. No he encontrado hasta ahora el momento para ponérosla, porque sabéis que siempre pretendo daros a conocer cosas alegres, positivas, y demás, pero tampoco hay que girar la cara a las cosas que nos pasan día a día, y esto también nos hace crecer como personas. No os digo más, leedla y vosotras mismas…:
«Mis hijos mayores se llaman Jimena y Rodrigo. Éste se iba a llamar Diego, como el padre del Cid. En octubre de 2009 supe que iba a ser padre por tercera vez y en diciembre el cardiólogo nos dijo que Diego tenía la peor cardiopatía posible (de los cinco niveles que existen). Sólo le funcionaba un ventrículo y, cuando naciese, únicamente le harían «arreglos de fontanería». Nunca iba a ser un niño normal. Nos ofrecieron abortar. Les dijimos que no, pero de un modo natural. ¿Cómo íbamos a matar a nuestro propio hijo? Los meses fueron pasando y las pruebas se acumulaban unas detrás de otras. Las noticias no eran buenas. Si al principio el otro ventrículo funcionaba mínimamente, después no tenía ninguna funcionalidad. Vieron problemas cerebrales en Diego. Nuevas pruebas. Ninguna dio nada extraño. Otro mes… En febrero no encontraban su estómago. En marzo tampoco. Para abril nos dijeron que quizá tenía un problema de esófago, que no tragaba líquido amniótico y que por eso el estómago no se había desarrollado. Volvieron a notar problemas cerebrales. A primeros de mayo nos comunicaron que probablemente tenía comunicados tráquea y esófago. Habría que operarle a los dos días de nacer para separarle tráquea y esófago y después, a los quince días, del corazón. Y a los cuatro meses otra vez del corazón. Y en función de cómo estuviese, operarle de nuevo algunas veces más.
El 26 de mayo nos fuimos a La Paz, tal y como nos dijeron los médicos. Estaban todos prevenidos. En el parto, entre médicos y enfermeras, había quince personas. Nada más nacer, me llevaron con Diego a la UCI neonatal. Diego por fuera era totalmente normal, igual que su hermano Rodrigo, igual que su abuelo Carlos… Me dejaron acariciarle y Diego me agarró del dedo. Después lo sedaron y lo entubaron. Su madre pasó a planta. Lloré desde que lo vi pues sabía de su delicada salud. Volví a repetir la frase que tantas veces he repetido en misa y que, desde que supimos de los problemas de Diego, había modificado: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarle».
El 27 de mayo, antes de comer, nos reunieron los médicos: lo habían explorado a conciencia y Diego era ciego, sordo, tenía conectados tráquea y esófago, no le funcionaba un ventrículo, problemas de riñón… El equipo médico, unánimemente, consideraba que era incompatible con la vida. Esa tarde lo bautizamos.
El 28 de mayo, a las 11:30 bajamos su madre y yo a la UCI a pasar con él sus últimas horas. Le bajaron la medicación paulatinamente, el corazón le latía con desorden, respiraba ya sin ayuda peor. La temperatura le fue bajando. Sus manos se fueron quedando frías. Después de tenerlo en brazos un buen rato, se lo pasé a su madre. Eran ya cerca de las 15 horas. Los últimos quince minutos lo volví a coger. Comenzó a expirar. Mi bebé de dos días se me estaba muriendo en los brazos… y recordé la semejanza del tapiz con el cielo que tantas veces me contó mi padre. Con mis ojos de hombre yo no llegaba a comprender el por qué (sólo vemos el tapiz por detrás). Pero sabía y sé que el tapiz universal se tiene que ver por el otro lado y eso sólo lo ve Dios.
A las cuatro de la tarde, Diego falleció. Nosotros no hemos hecho nada especial. Otra cosa es que nuestros principios y nuestra conciencia nos hayan empujado a luchar por nuestro hijo hasta el final, casi hasta la extenuación.
Vivir estos primeros meses sólo con la pena del hijo perdido, pero sin el remordimiento de haber abortado… es algo muy distinto de los que optaron por el otro camino. Rezo para que sepan llevar esa carga que debe de ser durísima. Tienen toda mi compasión.» Jorge Urdiales.
Gracias Ana.
Un beso.
Jolines Ana, que dura es a veces la vida, y nosotros que nos quejamos muchas veces de vicio. me ha hecho llorar, no nos damos cuenta del valor de la vida.
un abrazo.
Pues sí, Natalia,de vez en cuando es bueno leer cosas así, historias reales que nos rodean cada día…
Ana: impresionante, a mi me dice mucho de estos padres, que entereza, que dolor, y chapeau!
Y a ti todo mi agradecimiento por hacernos partícipes de estas cosas, que configuran estoyradiante como algo más!!
Un beso
Ana,
He descubierto tu blog a través de Yo Donna y ha sido un precioso descubrimiento. El artículo es precioso, emotivo y real. Tengo un amigo que hace dos años sufrio lo mismo y me ha conmovido.
Es maravilloso que haya personas como tú que crean portales como estos que aligeran el alma. Doy gracias a San Internet por permitirnos conocer personas como tú. Un saludo y te deseo todo el éxito del mundo. Ya tienes otra fan más.
Hola Ana,
Me he quedado helada al leer tu post, y os cuento por qué.
Yo tuve la oportunidad de conocer a su mujer, cuando estaba embaraza de Diego.Estuvinos haciendo un curso juntas y durante algunos meses de embarazo y precisamente al comienzo, cuando detectaron que algo no iba bien con el bebé, compartimos ese tiempo.Yo estaba especialmente sensibilizada con lo que le estaba ocurriendo porque en ese momento yo también estaba embarazada, coincidencia que nos pareció graciosa en el momento de conocernos,las dos únicas alumnas y embarazadas! el profesor tenía que lidiar además con nuestras hormonas!
Ella nos iba contando los resultados médicos y las díficiles decisiones que debían ir tomando, pero yo estaba asombrada de la capacidad de resignación y aceptación, valentía y ese enorme amor incondicional a su bebé, yo no sé si hubiera sido capaz .
Una vez finalizado el curso, contactamos una vez por facebook y después perdimos el contacto pero yo he pensado tantas veces en ella y en el bebé y también en sus dos hermanos que al empezar a leer el post y tan solo al leer sus nombres he sabido que esta historia, era la de Diego.
Además se da la coincidencia de nuevo de que mi hija y Diego nacieron el mismo día y ese día, sin saber más que había sido de su historia, me acordé de mi compañera y de su bebé, me acordé porque me sentí muy afortunada porque mi hija esta sana y pensé de nuevo en su situación, tan dura y tan tan injusta.
Creo que es una historia tremendamente dura porque no creo que haya nada peor que perder un hijo pero llena de amor, un inmenso amor que Diego pudo disfrutar ese poquito tiempo.
Les deseo todo lo mejor del mundo.
Gracias Diana por tu comentario. La verdad es que es tan dura que me estremezco cada vez que la leo. Son grandes personas dignas de admirar. Un beso.