J. Edgar, la película

Y es que Clint Eastwood nos tenía tan mal acostumbrados con sus dos últimas y magníficas películas que ésta que es un poco peor puede llegar a decepcionar. Humilde opinión porque hay gente a la que le parece fantástica. La película va mejorando y menos mal, porque el bostezo generalizado se escuchaba más en la sala que la banda sonora. Bien si te gusta la política, si eres un fan del más progre capitalismo americano o si adoras a Dicaprio. Mucha demagogia y mucho sensacionalismo. Me recuerda a cuando los españoles hacemos películas de la guerra civil poniendo a caldo a los franquistas y enalteciendo a los makis. Claro está que a este excelso director la figura de Edgar Hoover poco más que le repatea. Quizá es que el protagonista era así, quizá sea una imagen fiel del mismo. No lo sé. Sólo especulo.

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Una mente privilegiada de un director del FBI autoritario y cobarde (muchas veces buen gestor) que consiguió aun con una personalidad incómoda por su egoísmo y vanidad el férreo amor de su adjunto (Armi Hammer) y la lealtad llevada hasta el extremo de su secretaria Helen (Naomi Watts). Qué buenos actores los tres. Ovación y vuelta al ruedo.

 

Curiosa la relación insana de una madre sobre-protectora (Judi Dench) y su hijo. Atención a la frase que le dice ella a él: “prefiero tener un hijo muerto a un hijo mariposón”. Lamento profundamente lo mal que lo han pasado los homosexuales en todas las etapas de la historia. Una tendencia sexual asociada a enfermedad que hace de J. Edgar Hoover un ser limitado y con inseguridades que desembocan en un dañino despotismo. Un hombre enamorado incapaz de reconocérselo, no así mismo; sino a su verdadero amor. Leonardo DiCaprio nunca defrauda, está espléndido, o mejor, es espléndido, caracterizado de forma fabulosa. Muy bien su maquillaje. Si bien el resto de maquillajes me parece que convierten a los personajes en marionetas, viejecitos de chiste, con máscaras de arcilla cubriendo toda la cara, el suyo no. La época también muy bien caracterizada (años 20 de ese adorable Broodway tan bien conseguido) y un exceso de “flash back”. No hacía falta explicarle constantemente al espectador en qué momento de la vida del protagonista nos encontrábamos.

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Dos horas y diez minutos de película que podían haber sido mucho menos. Un sentimiento de final de película que roza el sentimentalismo (y mira que esto Eastwood siempre lo ha bordado), una historia con saltos y no muy bien contada, pero eso sí, arte en forma de ser humano, humanos que son verdaderos artistas, los actores, lo mejor de la película. Otra ovación y vuelta al ruedo. J. Edgar